Se equivocan quienes han pretendido descalificar mi opinión sobre Montería repitiendo, casi como consigna, que “no tengo nada que ver con la ciudad” y que, por eso, debería guardar silencio. Esa crítica, además de injusta en lo personal, es profundamente peligrosa en lo institucional: pretende que solo los nacidos en un territorio tienen derecho a opinar sobre lo público, como si la Constitución, la legalidad y el dolor de la gente tuvieran fronteras parroquiales. No acepto esa lógica excluyente ni para mí ni para nadie.
A Montería me unen muchas más cosas que un simple interés académico o profesional. Me une, ante todo, un hijo de dos años y medio, Jorge Camilo, nacido en Montería, de madre monteriana hasta la médula. ¿Alguien en serio puede sostener que un padre no tiene legitimidad para preocuparse, pensar y opinar sobre el presente y el futuro de la ciudad donde crece su hijo? Quien crea eso, no solo desconoce el derecho a la opinión, sino también el más elemental sentido de humanidad.
Me une también una relación larga y constante con sus instituciones. Desde hace quince años soy docente de posgrados en la Universidad del Sinú, formando profesionales de Montería y de todo Córdoba en temas de derecho público, hacienda y control. He prestado servicios de asesoría en materia de hacienda pública en la Gobernación de Córdoba en varios períodos de gobierno. Tengo alumnos y exalumnos en la administración departamental y municipal, y en las dos corporaciones públicas. He visto desde adentro cómo se construyen –y a veces se destruyen– las finanzas de esta región.
¿De verdad, frente a todo esto, alguien puede afirmar con suficiencia que “no tengo ninguna relación con Montería”? Lo que molesta no es mi origen, sino que mi opinión contradice ciertos relatos cómodos: ese discurso según el cual cualquier cosa se justifica si se invoca la tragedia, y el que se atreve a recordar los límites de la Constitución es tachado de enemigo del pueblo, centralista, frío o insensible.
He dicho, y lo reitero, que la tragedia que hoy sufre Montería no puede ser excusa para pasar por encima del ordenamiento jurídico. La emergencia invernal es real, el sufrimiento de miles de familias es real, pero también es real la Constitución, la distribución de competencias y la jurisprudencia que impide que un concejo se desprenda de una función indelegable para entregársela en bloque al alcalde. El Concejo de Montería, al negar las facultades para modificar el presupuesto, no le dio la espalda a los damnificados sino que cumplió con su deber constitucional, aunque eso fuera impopular en medio de la tormenta.
Lo más fácil, en estos momentos, es señalar al que defiende los límites como si fuera enemigo de la solución. Pero la historia institucional de Colombia demuestra que cuando, en nombre de las buenas intenciones, se empiezan a forzar las reglas del juego, los primeros sacrificados suelen ser los más vulnerables. Hoy es el presupuesto; mañana puede ser el control, pasado mañana las garantías de todos. Precisamente porque la tragedia es enorme, más falta hace que las decisiones se adopten con cabeza fría, dentro del marco que nos rige.
Algunos han optado por el insulto personal en redes, por descalificar mi trayectoria, mi voz o mi vínculo con la ciudad, en vez de debatir de frente los argumentos jurídicos. No tengo problema con la crítica; la opinión pública es, por definición, un escenario de confrontación. Lo que sí rechazo es el intento de silenciarme por mi origen, como si solo el “monteriano puro” tuviera derecho a abrir la boca. Eso no solo es un error lógico: es una forma suave de xenofobia interna.
Yo seguiré opinando sobre Montería porque me duele lo que pasa, porque tengo raíces afectivas, familiares y académicas en esta ciudad, y porque creo en un país donde el criterio sea el peso del argumento y no el lugar de nacimiento que aparece en la cédula. No escribo para ganar aplausos ni para complacer a los poderosos de turno. Escribo porque estoy convencido de que, en medio de la lluvia y el barro, el Estado de Derecho también hay que defenderlo. Un poquito de sindéresis no le sobra a nadie.Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

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