Felicito al senador Alfredo Deluque Zuleta, y confieso que su reelección es una mezcla de preocupación y expectativa. Preocupación, porque se trata de un dirigente con dieciséis años en el Congreso de la República y La Guajira sigue siendo la misma; y expectativa, porque su eslogan de campaña dejó una promesa que se convierte en un desafío: “cambiar el chip”. Y yo quiero tomarle la palabra.
Porque si hay algo que no admite discusión en La Guajira es que los problemas estructurales del departamento siguen siendo los mismos como parte del paisaje que existían cuando Deluque inició su carrera parlamentaria: pobreza estructural, desnutrición infantil en comunidades indígenas, crisis de agua potable, abandono del campo, desempleo juvenil, precariedad hospitalaria y la fragilidad institucional dominada por la corrupción.
Por eso, el llamado a “cambiar el chip”, inevitablemente crea unas preguntas incómodas: ¿Cambiar el chip de quién? ¿Del electorado guajiro? ¿De la política regional? ¿O del propio senador que ocupa una curul en el Congreso desde 2010?
Porque si algo ha quedado claro en estas elecciones es que Deluque sigue siendo un político hábil, con una comprensión fina de las reglas del juego electoral. Su estrategia en la lista del Partido de la U para la Cámara por La Guajira fue una demostración de cálculo político que no puede ignorarse. Inscribió tres candidatos fuertes: Jorge Figueroa, Pablo Parra y Hortensia Bernier que, en conjunto, superaron los cien mil votos.
El resultado político fue evidente: los tres compitieron entre sí por una sola curul, pero al mismo tiempo alimentaron la votación del proyecto político que respaldaba la aspiración de Deluque al Senado. No hay duda de que fue una jugada electoral eficaz.
Pero también deja una pregunta que, como guajiro y como analista de nuestra realidad política, me siento obligado a formular: ¿fueron aliados políticos o simples instrumentos electorales? Ojalá que no hayan sido idiotas útiles, sino que de los otros dos salga el candidato a la gobernación. Porque la política, cuando solo se reduce al cálculo electoral, termina perdiendo su razón de ser que es resolver los problemas públicos.
Hay además un hecho político que hoy pesa más que nunca sobre su mandato. Su elección como senador se sostuvo fundamentalmente en que la mayor votación fue obtenida en La Guajira, con la consecuencia natural de una mayor responsabilidad política y moral frente a la solución de sus problemas. Y ahí es donde vuelvo al punto central: cambiar el chip.
Senador Deluque, si su eslogan fue sincero, y yo quiero creer que lo fue, entonces el primer chip que debe cambiar es el de la forma de ejercer su poder político en La Guajira.
Cambiar el chip significa entender que su trabajo en el Congreso no puede seguir produciendo los mismos resultados que hemos visto hasta ahora por el número de contratos, ni por la burocracia distribuida, ni por la habilidad electoral, sino por transformaciones reales en la vida de los guajiros; cambiar el chip significa que el liderazgo político no puede seguir concentrado en estructuras familiares o redes clientelares.
Yo no escribo estas palabras desde el resentimiento político ni desde la oposición automática, sino desde una convicción profunda: La Guajira ya no tiene tiempo que perder.
Senador Deluque, nuestros niños no pueden seguir muriendo por desnutrición mientras usted discute estrategias electorales, y nuestras comunidades no pueden seguir esperando agua mientras usted celebra victorias políticas y repite discursos de campaña; los maestros contratados no pueden seguir siendo esclavos y extorsionados por los líderes y autoridades tradicionales. Siendo coherente, su reelección debe ser vista como una oportunidad para rectificar el rumbo. Si el “cambio de chip” solo es un eslogan de campaña, La Guajira seguirá atrapada en el mismo círculo de atraso que conocemos desde cuando usted llegó al congreso en 2010.
Pero si ese cambio de chip ocurre de verdad en la forma de ejercer el liderazgo, en la manera de entender la representación política y en el compromiso real con los problemas del departamento, entonces su nueva etapa en el Senado podría marcar una diferencia. Y ahora a usted le corresponde demostrar de qué lado de esa historia quiere quedar.Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

En La Guajira, la figura del senador Alfredo de Luque ha generado percepciones encontradas. Muchos lo ven como alguien que ejerce su rol con un estilo rígido y centralizador, lo que ha llevado a la impresión de que actúa como si tuviera un control supremo sobre los asuntos locales. Sin embargo, quienes crecimos en Riohacha en los años 90 y principios del 2000 recordamos que su nombre no era particularmente notorio en los círculos académicos o sociales más destacados de la época. Su visibilidad política llegó después, ya en la adultez, cuando empezó a ocupar espacios de poder.
Esta transformación, de un perfil discreto en la adolescencia a una figura con gran influencia en el Congreso, despierta preguntas legítimas sobre cómo se construyen las trayectorias políticas en nuestra región. Más allá de las simpatías o antipatías personales, lo que debería importar es si ese estilo de liderazgo contribuye o no al bienestar colectivo de La Guajira.
Profesor en mi región pasa lo mismo, el abstencionismo de votación es representativo, los parlamentarios elegidos llevan décadas, de padres a hijos, hermanos dueños de entidades, y el pueblo sin agua, sin vías, sin oportunidades laborales. Y le devuelvo la pregunta quien debe cambiar el chip?