Los resultados electorales del 8 de marzo son una mezcla de alerta y oportunidad. Alerta, porque varios análisis han mostrado que en territorios con riesgos históricos de violencia, presión armada o clientelismo, los resultados tienden a concentrarse y a encender señales de integridad electoral que no deben minimizarse. Pero también oportunidad porque la propia autoridad electoral reportó que la participación subió frente a 2022 y que los votos nulos bajaron en más de 150.000, lo que sugiere un electorado más dispuesto a votar “bien” y a entender mejor el tarjetón.
Me alienta ver más participación y menos voto nulo; creo que hay ciudadanía intentando decidir mejor. También me alienta que, pese a la polarización, el tarjetón presidencial quedó abierto y competitivo, obligando a debatir y a persuadir.
En el mapa legislativo, el bloque oficialista del Pacto Histórico quedó como la fuerza más grande en el Senado de la República, pero sin mayoría; al mismo tiempo, creció la bancada de Centro Democrático y el conjunto resultante anticipa un Congreso fragmentado en el que será inevitable negociar. Esa fragmentación vuelve más relevante la pregunta por la gobernabilidad que la pregunta por las consignas.
En lo sustantivo, me parece que se confirman tres grandes rutas: continuidad reformista, reacción de derechas y reordenamiento de centro, pero con matices internos que pueden reconfigurar alianzas.
Varias lecturas de prensa convergen en algo: el “centro” llega golpeado en el Congreso, y eso le quita músculo de negociación a cualquier proyecto que pretenda gobernar sin polarizar. Al mismo tiempo, también he visto una intuición repetida: incluso quienes ganaron en los extremos están empujados a “hablarle al centro”, porque si llega la segunda vuelta se decidirá con sumas, no con trincheras.
Mi apuesta analítica es que el debate se mueva hacia compromisos verificables: seguridad territorial, ejecución social, transición energética, y reglas claras de relación con el Congreso.
Para mí, La Guajira debería ser el test de realidad de cualquier gobierno. No por romanticismo regional, sino por evidencia: la crisis humanitaria del pueblo Wayuu tiene un reconocimiento judicial de “estado de cosas inconstitucional” (Sentencia T-302 de 2017) bajo seguimiento de la Corte Constitucional, con exigencias concretas en agua, salud y alimentación. Además, el DNP reporta seguimiento a un plan de acción provisional y avances que, aunque existen, no pueden esconder que el problema de fondo no está resuelto.
Pero La Guajira también es una oportunidad estratégica: la transición energética del país depende en buena medida de que la infraestructura permita evacuar la energía renovable producida; por eso, sea cual sea el resultado, yo lo traduzco así: si gana Cepeda, el reto será convertir el discurso de derechos en ejecución sostenida y en acuerdos legislativos que no se congelen por polarización; si gana Paloma, el reto será demostrar que seguridad y empresa privada pueden coexistir con garantías efectivas de derechos, especialmente donde el Estado ya fue declarado incumplidor; si gana Fajardo u otra opción de centro, el reto será construir gobernabilidad real con bancadas dispersas y sin caer en la transacción clientelista. En todos los casos, La Guajira debe exigir dos cosas: resultados medibles en la superación del “estado de cosas inconstitucional” (agua, nutrición, salud) y un modelo de transición energética que deje beneficios territoriales legítimos, no solo megaproyectos.
Mi optimismo es este: si la campaña deja de tratar al país como una guerra cultural interminable y empieza a competir por quién garantiza gobernabilidad con resultados, Colombia puede salir fortalecida.
Lo que sí tengo claro es que, independiente del que llegue a la Casa de Nariño, La Guajira tiene hoy, más que nunca, una representación en el Congreso con la obligación de gestionar con fuerza y con resultados frente a cualquier gobierno y no en su interés personal o de su entorno familiar. Los guajiros no podemos seguir siendo espectadores pasivos de una democracia que nos pide los votos pero se olvida de nuestras tragedias. Esta es la oportunidad de exigir, de negociar y de comprometer a quien resulte elegido presidente con un plan concreto para el departamento más complejo y más rico en recursos humanos, culturales y naturales del Caribe colombiano.Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

La Guajira ya no aguanta más discursos vacíos ni promesas que se evaporan en el aire. El pueblo está cansado de ver cómo se reparten privilegios entre unos pocos mientras la mayoría sigue esperando agua, salud, educación y oportunidades reales. No se trata de roscas ni de clientelismo, se trata de dignidad. Gobernar sin principios y valores humanos es levantar castillos de arena: se derrumban con la primera ola.
Hoy, más que nunca, la representación política de La Guajira tiene la obligación de responderle al pueblo y no a sus círculos íntimos. Quien crea que puede eternizarse en el poder, acumulando cargos y beneficios como si fueran propiedad privada, debe entender que la paciencia de la gente tiene límites. La Guajira no es un feudo, es un territorio vivo, rico en cultura, en recursos y en talento humano, que exige respeto y resultados.
El mensaje es claro: menos discursos de espuma, más acciones medibles. Menos clientelismo, más oportunidades para todos los sectores. Menos vulnerabilidad social y económica, más compromiso real con la transición energética y con la superación del estado de cosas inconstitucional. El pueblo guajiro no seguirá siendo espectador pasivo de una democracia que pide votos y luego olvida tragedias.
La Guajira está lista para exigir, negociar y comprometer a cualquier gobierno con un plan concreto. Y a quienes se sienten dueños del poder, se les recuerda: el poder no es herencia ni patrimonio familiar, es un mandato que se respeta o se pierde.
Hartos estamos ya de tanta bobada por Dios.
Muchas gracias por la amabilidad.
No le quito ni una vocal, ni una consonante, ni un signo de puntuación.
estoy absolutamente de acuerdo con tu opinión. Estoy tan acuerdo que hubiera querido decirlo yo. Un abrazo.
No sabiendo cual es su corriente política, no veo razon de no analizar el gran desfalco que le hizo este gobierno a su territorio con los dineros de UNGRD, que termonaron en las manos de los corruptos funcionarios que por orden del presidente los destinaron para comprar presidentes de senado y cámara y que eran dineros para ser invertidos en las aguas de la Guajira, si sigue el mismo partido gobernando la situación no va a cambiar, el Depto. necesita un cambio de gobierno y los representantes exigir un compromiso con la Guajira.
No estoy de acuerdo con todo lo que usted manifiesta en su corto pero punzante mensaje pero si en el hecho que los GUAJiROS lo que necesitamos primeramente es AGUA agua para bañarnos para recrearnos para comer para TODO. Ahora yo me pregunto quién se inventó esa REPRESS? Ahora es tiempo que responda políticamente el presidente de turno y los alcaldes y gobernadores del momento que permitieron que se represará el RIO RANCHERÍA con todo respeto per esos políticos de esa época pero miren en lo que vamos. Dañaron ToDo la historia no perdona nos jofieron el cauce y toda la vida a todos los guajiros
Y por cierto no sé si de la misma corriente política o que de aquellos años gloriosos en donde los políticos “creaian hacer” lo que les convenía a todos porque creo que hasta criterios científicos no tenían. Ahora están haciendo esa megaobra en la playa con riesgo de dañar los acuíferos lean sobre que son los acuíferos por favor y el riesgo de “tapar” la arena de la playa sobre todo en nuestras condiciones de estrés hídrico o de la guajira como si la arena de la playa fuera un sendero baldío. Pla playa es un FILTRO biológico señores también vamos ahora con esto??????!!!! Eso si COHERENCIA. Los demás también hemos estudiado dejen de subestimarnos a los que no tenemos la necesidad de tener un micrófono en la boca 24/7 por años.
En la política el micrófono se ha convertido en un símbolo de poder inmediato, un objeto que otorga la ilusión de autoridad a quien lo sostiene, aunque muchas veces no tenga ni la preparación específica ni la coherencia para ejercerla. En redes sociales, la foto con el micrófono en mano transmite protagonismo, pero no necesariamente sabiduría ni responsabilidad. Muchas mujeres (me incluyo, porque he caído en esa tentación) creemos que esa “imagen” nos confiere liderazgo, cuando en realidad el verdadero poder no está en posar, sino en aplicar lo que se predica. La ciencia de la comunicación enseña que el mensaje no se valida por el volumen de la voz ni por la estética de la foto, sino por la credibilidad que surge de la coherencia entre discurso y acción. Predicar sin practicar es ruido; practicar lo que se predica es liderazgo. El micrófono amplifica la voz, pero solo las ACCIONES amplifican la VERDAD. Hablar sin escuchar es ruido; escuchar antes de hablar es saber hacer. Y lo cierto es que no siempre nos vemos como pensamos o creemos vernos (sesgo de confirmación): a veces la puesta en escena con el micrófono termina siendo un desliz, un “unfollow” vacío que el público percibe de inmediato y pasa de largo, dejando en evidencia la fragilidad de esa escena. Por eso, más que aferrarse al micrófono, la invitación es a soltarlo y permitir que el interlocutor lo “use” un momento, para escuchar: escuchar al campesino, al obrero, al experto, al ciudadano común. Porque el verdadero poder no está en la foto en Instagram ni en el discurso, sino en la capacidad de APRENDER de OTROS antes de hablar.
De verdad escucha más y jale amenos esa es la invitación realmente.
En la política el micrófono se ha convertido en un símbolo de poder inmediato, un objeto que otorga la ilusión de autoridad a quien lo sostiene, aunque muchas veces no tenga ni la preparación específica ni la coherencia para ejercerla. En redes sociales, la foto con el micrófono en mano transmite protagonismo, pero no necesariamente sabiduría ni responsabilidad. Muchas mujeres (me incluyo, porque he caído en esa tentación) creemos que esa “imagen” nos confiere liderazgo, cuando en realidad el verdadero poder no está en posar, sino en aplicar lo que se predica. La ciencia de la comunicación enseña que el mensaje no se valida por el volumen de la voz ni por la estética de la foto, sino por la credibilidad que surge de la coherencia entre discurso y acción. Predicar sin practicar es ruido; practicar lo que se predica es liderazgo. El micrófono amplifica la voz, pero solo las ACCIONES amplifican la VERDAD. Hablar sin escuchar es ruido; escuchar antes de hablar es saber hacer. Y lo cierto es que no siempre nos vemos como pensamos o creemos vernos (sesgo de confirmación): a veces la puesta en escena con el micrófono termina siendo un desliz, un “unfollow” vacío que el público percibe de inmediato y pasa de largo, dejando en evidencia la fragilidad de esa escena. Por eso, más que aferrarse al micrófono, la invitación es a soltarlo y permitir que el interlocutor lo “use” un momento, para escuchar: escuchar al campesino, al obrero, al experto, al ciudadano común. Porque el verdadero poder no está en la foto en Instagram ni en el discurso, sino en la capacidad de APRENDER de OTROS antes de hablar.
De verdad escucha más y habla menos.