Hay tragedias que ningún gobierno merece en su primer amanecer. El temblor del pasado lunes 10 de agosto cayó como un mazazo sobre la recién estrenada administración de Abelardo De La Espriella, obligando a mover prioridades, ajustar planes y responder con urgencia a daños que nadie tenía en el guion. Aun así, el gobierno ha debido continuar con la tarea inevitable: conformar su equipo, escoger a quienes considera capaces, idóneos y honestos para asumir la función pública en medio de un país que exige resultados inmediatos.

Pero mientras el gobierno intenta avanzar, afuera se ha desatado una cacería de brujas que está convirtiendo la selección de funcionarios en un ritual inquisitorial. Hoy parece que, para aspirar a un cargo, se necesita un alma inmaculada y, sobre todo, no haber ocupado un cargo público nacional en los últimos cuatro años. Como si la experiencia fuera un pecado. Como si el conocimiento acumulado en la gestión estatal se hubiera vuelto sospechoso por decreto moral de algún catón digital.

La política colombiana vive obsesionada con la pureza, pero no con la pureza ética, que sería deseable, sino con una pureza estética del señalamiento. Se exige que todo funcionario sea un lienzo sin manchas, un historial sin contradicciones. Esa expectativa es hipócrita. El Estado no se construye con seres míticos sino con personas reales, con virtudes y defectos. Pretender lo contrario es caer en la trampa del moralismo punitivo que tanto daño le hace al país.

La cacería de brujas destruye nombres y confianza. ¿Quién querrá servir al Estado si cada nombramiento implica exponerse a una lapidación pública? ¿Quién se atreverá a aceptar un cargo si sabe que cualquier decisión pasada, por técnica que haya sido, puede convertirse en un arma para desacreditarlo? El resultado es evidente: los mejores se alejan, los experimentados prefieren no arriesgarse. Y el país queda en manos de improvisados y oportunistas que no tienen nada que perder porque tampoco han construido nada. No se puede gobernar con miedo.

No hay duda de que la democracia necesita crítica, sí, pero crítica seria, informada, responsable. No necesita inquisidores digitales que confunden vigilancia con venganza. Necesita, en cambio, un debate que distinga entre errores y delitos, entre diferencias de criterio y actos de corrupción. Esa distinción es la base de cualquier discusión democrática.

El presidente De La Espriella tiene ante sí un gran desafío: gobernar en medio de una tragedia nacional y, al mismo tiempo, resistir la presión de quienes quieren convertir cada nombramiento en un espectáculo de escarnio. Debe asumir un criterio claro, firme y sereno para validar sus designaciones; que reconozca la importancia de la experiencia, valore la trayectoria y entienda que el servicio público es un espacio donde se necesitan profesionales que sepan resolver problemas reales. El país no puede quedar sometido al gusto o disgusto de los catones de turno, ni a la volatilidad emocional de las redes sociales.

Este país ha sobrevivido a terremotos peores, geológicos y políticos, porque siempre ha habido gente dispuesta a trabajar, asumir responsabilidades, y poner el hombro cuando todo tiembla. Esa gente no merece ser tratada como sospechosa por defecto, ni víctima de una cacería de brujas que, si no se detiene, terminará devorando incluso a quienes hoy la celebran.

La reflexión es urgente. La mesura es indispensable. Colombia no puede seguir confundiendo justicia con revancha. Si lo hace, perderá lo más valioso que tiene: la posibilidad de construir un Estado con gente capaz, con experiencia, con criterio, con carácter.

La tragedia del 10 de agosto nos recordó que la tierra tiembla sin pedir permiso. Pero hay temblores que sí podemos evitar: los temblores provocados por la irresponsabilidad, por la maledicencia, por la ligereza con la que se destruye el nombre de un ciudadano. Esos temblores sí dependen de nosotros. Y si no los frenamos, la cacería de brujas no será solo un error: será una condena que caerá sobre todos, sin excepción. Porque cuando la política se convierte en inquisición, nadie queda a salvo. Este es un llamado urgente a la reflexión colectiva.

Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR