Es difícil entender la paradoja política del departamento de La Guajira. En las dos últimas legislaturas ha tenido la mayor representación parlamentaria de la historia. En teoría, semejante presencia debía convertirse en una oportunidad para impulsar soluciones, abrir puertas, gestionar recursos y defender con firmeza los intereses del departamento. 

Sin embargo, la realidad parece empeñada en demostrar todo lo contrario. Un desfile de congresistas caminando cada uno por su lado, sin interlocución entre ellos, sin una agenda común y, lo más preocupante, sin la voluntad de construir una verdadera bancada guajira. Son viajeros que solo coinciden en el aeropuerto. Al final, todos llegan tarde y quienes pagan el pasaje son los ciudadanos.

Reconozco legítimas las diferencias ideológicas. La democracia necesita pluralismo. Pero lo que resulta incomprensible es que esas diferencias terminen convirtiéndose en una incapacidad absoluta para defender lo que debería unirlos por encima de cualquier partido: el bienestar de La Guajira.

Mientras cada quien protege sus intereses personales, familiares o económicos, la gente continúa esperando respuestas. Los hospitales siguen padeciendo las mismas necesidades. El agua potable sigue siendo una promesa. La educación básica mantiene los mínimos indicadores de rendimiento y aprendizaje. El desempleo golpea especialmente a los jóvenes. Las carreteras parecen los cráteres de la luna. La infraestructura pública envejece. Las promesas tienen el secreto de la eterna juventud, y las obras nunca encuentran el camino de la fuente milagrosa.

Hay congresistas que entienden la curul como una empresa privada y no como una responsabilidad pública. Cada quien administra su parcela, protege su clientela y calcula cuidadosamente el rendimiento político de cada movimiento. El departamento termina convertido en un asunto secundario, casi decorativo, útil para los discursos, pero incómodo cuando exige sacrificios compartidos.

Me pregunto, ¿Será realmente imposible que los congresistas guajiros se sienten en la misma mesa para construir una agenda mínima en favor del departamento? ¿Será tan difícil dejar a un lado los cálculos individuales cuando están de por medio necesidades que afectan a cientos de miles de personas?

También me pregunto si no serán capaces de observar el ejemplo de otras regiones. Basta mirar la bancada antioqueña para entender que la competencia electoral no impide actuar con solidaridad regional. En Antioquia existen diferencias profundas, rivalidades evidentes y proyectos políticos enfrentados. Sin embargo, cuando se trata de defender intereses estratégicos para su territorio, aparece una capacidad de coordinación que termina produciendo resultados visibles. Nadie renuncia a sus convicciones, pero todos entienden que la región está primero.

En La Guajira ocurre todo lo contrario. Terminan las elecciones y algunos le dedican más energía a enterrar a sus propios colegas que a enfrentar los problemas del departamento. El adversario deja de ser la pobreza, la corrupción, el atraso o el abandono estatal. El enemigo pasa a ser el otro congresista guajiro. Entonces aparecen maniobras para desacreditar, obstáculos cuidadosamente sembrados e incluso denuncias impulsadas a través de terceros con el único propósito de apartar del camino a quien consideran un competidor. Es una guerra donde siempre pierde el mismo: el ciudadano.

Resulta irónico contemplar semejante espectáculo. Tenemos una representación numerosa, pero actúan como si apenas existiera un congresista aislado. Sumamos curules, para dividir voluntades. Multiplicamos credenciales, para reducir resultados. Es la extraña matemática política donde mucho termina convirtiéndose en muy poco.

Hoy existe una oportunidad que no debería desperdiciarse. Colombia tiene un nuevo presidente que es costeño, circunstancia que puede facilitar una interlocución más cercana con las necesidades históricas de nuestra región. Esa realidad, por sí sola, no garantiza soluciones automáticas. Ningún mandatario reemplaza el trabajo serio que corresponde a los representantes del departamento. Precisamente por eso, este momento exige responsabilidad, grandeza y visión colectiva.

Todavía quiero creer que es posible cambiar el libreto. Quiero pensar que algún día la fotografía conjunta dejará de ser un simple protocolo para convertirse en una verdadera alianza por La Guajira. La historia recordará es a quien tuvo la grandeza de entender que ningún interés particular vale más que el futuro de un pueblo entero. Esa, precisamente, es la lección que todavía seguimos esperando en La Guajira.

Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR