Sergio Fajardo publicó un decálogo de diez condiciones para orientar a su millón de electores, declaró que no estaba negociando con nadie, dijo que los votos no son de los dirigentes sino de cada ciudadano, y luego guardó el silencio más ruidoso de esta campaña. Un silencio que, paradójicamente, dice más sobre sus dilemas personales que cualquier declaración pública. 

La actitud de Fajardo es una mezcla de fascinación y exasperación frente a la segunda vuelta porque tiene un problema que él mismo creó: toda su vida política ha sido construida sobre un principio que se repite hasta el cansancio: la ética por encima de todo, la transparencia como condición de la política, la coherencia entre el discurso y la conducta. Y ahora, ante la disyuntiva entre Iván Cepeda y Abelardo De La Espriella, ese principio lo conduce inevitablemente hacia una sola dirección. Aunque le incomode. Aunque le cueste. Aunque prefiera el silencio o el voto en blanco como refugio cómodo.

Siendo directo: las hojas de vida morales, éticas y judiciales de los dos candidatos no son equivalentes, y pretender que lo sean es una deshonestidad intelectual que alguien como Fajardo no puede permitirse.

Abelardo De La Espriella es un abogado penalista cuya trayectoria profesional está documentada como defensor de algunos de los personajes más cuestionados de la historia criminal reciente de Colombia. Ha representado legalmente a figuras vinculadas al narcotráfico y al paramilitarismo. Eso no es una acusación política: es un hecho de registro público. Y aunque el ejercicio de la defensa jurídica es un derecho consagrado en cualquier Estado de derecho, nadie niega eso, la pregunta que Fajardo, como hombre de convicciones, no puede eludir es esta: ¿es coherente con su propia trayectoria de vida entregarle el poder presidencial a alguien cuya práctica profesional ha estado al servicio de quienes han destruido la institucionalidad que él dice defender?

Iván Cepeda, en cambio, tiene una hoja de vida que cualquier demócrata de centro debe reconocer con honestidad: es uno de los más persistentes investigadores parlamentarios de los crímenes de Estado en Colombia, un defensor documentado de las víctimas del conflicto armado, un hombre que fue intimidado, amenazado y objeto de chuzadas ilegales precisamente por hacer lo que Fajardo dice que hay que hacer, combatir la corrupción, exigir rendición de cuentas, defender los derechos humanos. Sus antecedentes morales, éticos y judiciales no solo son distintos a los de De La Espriella: son opuestos.

¿Eso significa que el programa económico de Cepeda no tiene riesgos? Claro que si los tiene, y los he analizado con rigor a partir de mi formación y conocimiento. La continuidad de la Paz Total, las tensiones con la inversión privada, la compatibilidad de algunas propuestas con la regla fiscal: todo eso merece debate técnico. Pero Fajardo, quien ha repetido hasta el cansancio que la ética es la base de todo lo demás, sabe perfectamente que un programa de gobierno puede corregirse en el Congreso, puede ajustarse con el tiempo, puede renegociarse con la realidad. Lo que no se corrige con el Congreso ni con el tiempo es el carácter moral de quien ocupa la silla presidencial.

Fajardo no puede invocar la ética como fundamento de su vida pública y luego, en el momento de mayor consecuencia, refugiarse en el silencio o en el voto en blanco para no asumir la responsabilidad de señalar lo evidente. Uno de los dos candidatos tiene una trayectoria de vida que es, punto por punto, lo que Fajardo dice defender. El otro tiene una trayectoria que es, punto por punto, lo que Fajardo dice combatir.

La coherencia no es opcional cuando uno ha construido toda una carrera política sobre ella. Es precisamente en el momento incómodo, en el momento en que la decisión tiene un costo personal, cuando la coherencia se demuestra o se traiciona.

Fajardo sabe por quién debe votar. Lo sabe desde que firmó su propio decálogo. Pero la pregunta no es si lo sabe. La pregunta es si tendrá el valor de decirlo y decidirlo con el voto.

Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR