Me preocupa Colombia, pero no como ejercicio retórico sino como convicción a partir de la revisión de las cifras que ningún discurso de campaña se atreve a pronunciar con la claridad que merecen. Y lo que veo en las calles, en las redes sociales y en los debates me genera una inquietud que no logro comprender: Colombia está eligiendo de nuevo con las emociones y no con la razón. Estamos escogiendo narrativas, no gestores. Estamos comprando esperanzas, no soluciones. Y no podemos darnos ese lujo.

Los números del país asustan. El déficit fiscal que encontrará el próximo presidente es el más alto en ciento veinticinco años de historia republicana. La deuda pública ya supera el 64% del PIB y crece de manera insostenible. El Estado colombiano está pagando tasas de interés cercanas al 15% para conseguir financiamiento en el mercado: eso significa que por cada cien pesos que el Estado pide prestados, tiene que devolver quince solo en intereses, cada año. Y ese dinero vendrá de los presupuestos destinados a hospitales, escuelas y vías que nunca se construyeron.

Dos de las más importantes calificadoras de riesgo del mundo han enviado una señal de alarma que ningún candidato ha querido asumir en su dimensión total: Colombia ya no tiene grado pleno de inversión soberana, y en abril de este año recibió la peor calificación crediticia de su historia reciente. No es un asunto técnico reservado a los financistas. Es la confirmación de que la comunidad internacional desconfía de nuestra capacidad de honrar las deudas y de administrar con seriedad las finanzas públicas.

Ante este panorama, el ciudadano colombiano no puede votar por el que más grita, el que tiene la retórica más encendida o el discurso más cargado de emoción. No. En esta ocasión, conforme están las cosas, hay que votar por quien tenga las capacidades técnicas, el equipo solvente y el programa de gobierno más viable para sacar a Colombia de un abismo fiscal que se puede volver irreversible.

Porque el problema de elegir desde las emociones es que las consecuencias son completamente reales. No son emocionales. Son concretas: tasas de interés más altas para los créditos de los hogares, mayor desempleo cuando la inversión privada se frena porque el Estado absorbe todo el crédito disponible, reducción de los servicios públicos cuando no alcanza el presupuesto y, en el peor escenario, una crisis fiscal que obliga a tomar medidas de ajuste de emergencia que siempre golpean con más fuerza a quienes menos tienen.

He revisado cuidadosamente los programas de gobierno de cuatro aspirantes a la presidencia que siempre han marcado en los primeros lugares de las encuestas. Algunos tienen mayor coherencia técnica que otros. Algunos presentan propuestas más realistas que otros. Pero la gran mayoría de los colombianos va a votar sin conocer una sola idea de esos documentos. Votarán por lo que sintieron en una plaza pública, por lo que vieron en un video de treinta segundos, por la lealtad a un partido o por el rechazo visceral a otro.

La Constitución impone la sostenibilidad fiscal como principio orientador del Estado colombiano. No es una opción política. Es una obligación constitucional. Y los programas de gobierno que prometen mucho sin explicar cómo se financia lo prometido, o que anuncian reducciones drásticas del gasto sin precisar qué normas constitucionales lo permitirían, merecen ser interrogados con rigor, no aplaudidos con fervor.

Colombia no está eligiendo un símbolo sino al administrador de una crisis fiscal de proporciones históricas. Eligiendo al gerente de un Estado que tiene el 91% de su presupuesto comprometido antes de posesionarse. Eligiendo un negociador que deberá presentarse ante el Congreso, ante los mercados internacionales y ante los organismos multilaterales con un plan serio, técnico y creíble.

Por eso me preocupa Colombia. Porque siento que vamos a votar bien en las formas, pero gobernar mal en los hechos. Porque el discurso que emociona en la plaza pública está chocando, inevitablemente, con la realidad que espera en el Ministerio de Hacienda. Esta vez, el país no aguanta otro error. Esta vez, las emociones nos pueden costar todo. Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR