Nunca espero aplausos por ejercer el control ciudadano. Tampoco espero que quienes son objeto de mis denuncias compartan mis opiniones. Lo que sí espero es que las diferencias sean debatidas con argumentos, documentos y hechos. Lamentablemente, algunos han decidido recorrer un camino distinto: el de la descalificación personal. Tanto en el norte como en el sur.

Hace varios años asumí la responsabilidad de ejercer la veeduría ciudadana porque estoy convencido de que la vigilancia de la gestión pública no es un privilegio de unos pocos, sino un derecho de todos los colombianos. Desde entonces he estudiado documentos, revisado procesos de contratación, presentado derechos de petición y formulado denuncias cuando he considerado que la ley ha sido vulnerada. En algunos casos, los jueces han acogido mis argumentos. Esa ha sido siempre mi forma de actuar: acudir a las instituciones y respetar el Estado de derecho.

Sin embargo, cuando los argumentos escasean, aparecen los ataques personales.

He sido objeto de afirmaciones profundamente dolorosas relacionadas con la muerte de mi madre. Se ha difundido la falsa versión de que mi padre la asesinó. Nada más alejado de la realidad. Mi madre falleció en 1969 debido a una peritonitis estando embarazada y era alérgica a los antibióticos. Yo tenía apenas nueve años. Su muerte marcó para siempre mi vida. Por eso me resulta indignante que alguien pretenda utilizar ese episodio para desacreditarme o para castigarme por ejercer el derecho constitucional a vigilar la gestión pública.

No quiero compasión, ni tampoco alimentar una confrontación personal. Pero existe un límite que nunca debe cruzarse: el respeto por la verdad y por la memoria de quienes ya no pueden defenderse.

Quienes me conocen saben que nunca he utilizado la vida privada de nadie como argumento político. Mis críticas siempre están dirigidas a las decisiones públicas, al manejo de los recursos públicos y al cumplimiento de las obligaciones legales de los servidores públicos. Ese seguirá siendo mi único interés.

En una democracia, las denuncias ciudadanas pueden ser refutadas. Para eso existen los documentos, informes técnicos, respuestas oficiales y los estrados judiciales. Lo que no fortalece la democracia es intentar silenciar al denunciante mediante la difamación o la intimidación.

No permitiré que ese sea el camino.

Continuaré ejerciendo mi labor con el mismo rigor de siempre. Si encuentro actuaciones que, en mi criterio, vulneran la ley o afectan el interés general, seguiré denunciando por los canales institucionales. No lo hago por odio, venganza o protagonismo. Lo hago porque creo que el poder público debe estar sometido al escrutinio permanente de los ciudadanos.

Mi historia personal tampoco necesita maquillaje. Nunca he tenido que comparecer ante un juez para responder por conductas delictivas. La única vez que estuve en un estrado judicial fue como víctima, buscando justicia por el asesinato de mi hijo, Luis Andrés. Esa experiencia me enseñó que la verdad puede tardar, pero nunca deja de ser el camino correcto.

Por eso no responderé la infamia con otra infamia. Responderé con pruebas, con argumentos y con la tranquilidad de que la credibilidad se construye durante toda una vida y no se destruye con una mentira repetida.

Las instituciones existen para investigar los hechos y los jueces para decidir conforme a las pruebas. Si alguien considera que mis denuncias son falsas, tiene a su disposición todos los mecanismos legales para controvertirlas. Lo que no puede pretender es sustituir el debate público por ataques a mi familia o a mi historia personal.

Seguiré hablando cuando lo justifiquen los hechos. Seguiré escribiendo cuando considere que el interés público lo exige. Seguiré denunciando cuando encuentre actuaciones que merezcan ser conocidas por la ciudadanía.

Porque el silencio nunca ha sido una opción para quien entiende que la democracia no se defiende con aplausos, sino con ciudadanos dispuestos a ejercer sus derechos, incluso cuando hacerlo tenga un costo personal.

A quienes creen que una mentira puede detener mi compromiso con el control ciudadano, solo puedo responderles una cosa: se equivocan. La verdad, la ley y mi conciencia seguirán siendo mis únicas herramientas. Y nadie logrará callarme mientras tenga la posibilidad de usarlas con responsabilidad.

Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR