Me disculpan pero lo tengo que reiterar porque, de manera oficial, hay una nueva realidad política. El Consejo Nacional Electoral concluyó el escrutinio, oficializó los resultados y entregó las credenciales al nuevo presidente y vicepresidente de la República. En una democracia, ese momento marca el final de la competencia electoral y el comienzo de una responsabilidad mucho mayor: gobernar para todos los colombianos.
Ya dije que no acompañé la candidatura de Abelardo De La Espriella. Mis convicciones y mi visión del país estuvieron en otra orilla, pero las mayorías decidieron dentro de las reglas constitucionales y lo que corresponde no es prolongar la confrontación sino respetar la voluntad popular y fortalecer las instituciones que hacen posible nuestra convivencia.
No soy amigo personal del nuevo presidente. Lo conozco en el trato cordial porque compartimos amigos comunes, y en ese saludo espontáneo que en el Caribe resumimos con un sencillo «¿quiubo y qué hay?». Pero sí mantuve durante muchos años una amistad con el estratega de la campaña Carlos Suárez, que con el paso del tiempo se fue distanciando más por decisión suya que por iniciativa mía. Aun así, vivo agradecido de que, cuando personalmente le solicité su apoyo, puso su experiencia política al servicio de la campaña de mi hijo Jorge Luis, para elegirlo concejal de Bogotá.
La democracia no consiste únicamente en ganar elecciones; también exige saber aceptar sus resultados cuando las instituciones hablan. Respetar la decisión de las mayorías no significa renunciar a las propias convicciones. Significa comprender que Colombia está por encima de cualquier diferencia política.
Por eso deseo, sinceramente, que el nuevo gobierno cumpla los compromisos que asumió con los colombianos, resuelva los problemas cotidianos de millones de familias y logre que cada vez más ciudadanos ingresen a las estadísticas del bienestar, del empleo, de la seguridad y de las oportunidades.
También espero que el presidente comprenda que el tiempo de la confrontación terminó con la campaña. Gobernar exige una actitud distinta. Colombia necesita un liderazgo sereno, que no se deje tentar por la actitud pendenciera ni por la intemperancia política, sino que concentre toda su capacidad para atender las verdaderas urgencias nacionales.
El país no puede desperdiciar cuatro años en disputas innecesarias cuando enfrenta enormes desafíos: recuperar las finanzas públicas frente al déficit fiscal y el crecimiento de la deuda, superar la crisis del sistema de salud, restablecer el orden público y la seguridad en los territorios, garantizar la estabilidad del sistema energético frente a los riesgos asociados al fenómeno de El Niño y librar una lucha frontal, permanente e implacable contra la corrupción. Ahí es donde todos los colombianos esperamos resultados.
El estrecho margen con el que concluyó esta elección también deja una enseñanza. Colombia necesita reconciliarse consigo misma. Ningún sector puede gobernar ignorando al otro; ninguna oposición puede olvidar que el interés nacional está por encima de las diferencias ideológicas. La unidad no significa unanimidad; significa reconocer que compartimos un mismo país y un mismo destino.
Debemos ejercer un control democrático serio, responsable e independiente sobre el nuevo gobierno. Apoyar lo que beneficie al país, señalar con firmeza lo que deba corregirse y defender, sin vacilaciones, las libertades públicas. La libertad de expresión, la independencia de los medios de comunicación y el derecho de los ciudadanos a ejercer control sobre el poder.
De todas maneras, quiero comenzar esta nueva etapa con un optimismo responsable. No porque ignore las dificultades que enfrenta el nuevo gobierno, sino porque creo que ningún país avanza cuando permanece atrapado en el odio o en la desconfianza permanente. La esperanza también es una decisión democrática. Y por eso, como demócrata, espero que al nuevo gobierno le vaya bien. Porque cuando un gobierno acierta, ganamos todos los colombianos. La democracia se fortalece cuando se respetan las reglas, cuando se vigila con independencia el ejercicio del poder y cuando todos entendemos que el futuro del país vale mucho más que cualquier victoria electoral. Esa es la esperanza que hoy comparto: que le vaya bien al nuevo gobierno para que, finalmente, le vaya bien a Colombia.
Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

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