Aplaudo que el Festival Nacional del Porro, en su edición 49, haya decidido rendir homenaje a un hombre que no toca ningún instrumento, no desfila en banda y no aparece en las tarimas, pero sin cuyo trabajo silencioso el porro pelayero no sería el mismo: Héctor Villalba Espitia.

Desde siempre he sostenido que la cultura no solo se baila y se escucha: también se narra, se investiga y se defiende con la palabra. Héctor Villalba encarna esa otra forma de militancia cultural: la del periodista que hizo del porro su tema vital, cuando aún el país apenas empezaba a reconocer a San Pelayo como su capital sonora. Fue corresponsal de El Espectador en los años setenta y, desde 1971, dedicó crónicas y reportajes a explicar el origen del porro, sus bandas fundadoras y los matices de esa música que llenaba de brío las fiestas del Sinú. Mientras otros afinaban clarinetes o bombardinos, él afinaba preguntas, grabadoras y cuadernos. 

Fue el primer locutor del sueño pelayero, y me parece profundamente simbólico que el primer Festival Nacional del Porro haya tenido como primera voz oficial la de Héctor Villalba, y no la de un músico famoso. A través de la radio, desde emisoras como Sinú de Todelar, ayudó a que el eco del festival saliera de la plaza y llegara a los hogares de Córdoba y de Colombia, convirtiendo la fiesta local en un referente nacional. Ese trabajo de difusión permanente, año tras año, fue tejiendo una memoria colectiva: gracias a sus transmisiones, columnas y notas, quedaron registradas las etapas del festival, sus cambios, sus luchas y sus triunfos. Detrás de cada banda que se consagraba, había también una crónica de Héctor Villalba poniendo en contexto su importancia, y en esto se afianza el valor de honrar a los que sostienen la tradición.

Que el Festival Nacional del Porro de 2026 elija homenajear a un gestor cultural como Héctor Villalba es, en sí mismo, un mensaje poderoso. Nos recuerda que la cultura no se sostiene solo con talento artístico, sino con quienes organizan, documentan, difunden y defienden la fiesta aun cuando los reflectores están apagados. En un país donde solemos aplaudir solo al que se sube al escenario, este reconocimiento reivindica a quienes han puesto su vida al servicio de una causa colectiva sin reclamar protagonismo.

Como Villanuevero, allá donde también se celebra la tradición del Festival Cuna de Acordeones, también me siento pelayero, o como alguien que se siente parte de esta tradición, y celebro que se honre a un hombre que hizo historia preguntando, escribiendo y contando el porro. Su legado demuestra que también se puede ser músico de la memoria, cronista del tambor y guardián de la identidad sin tocar una sola nota. En Héctor Villalba se reconoce a todos esos pelayeros y pelayeras que, desde la sombra, han ayudado a que el porro siga siendo lo que es: una tradición que abraza a su gente y la reúne cada junio alrededor de una misma bandera sonora.

Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR