En vísperas de la realización del Festival de la Leyenda Vallenata, del 29 de abril al 2 de mayo, resulta inevitable reflexionar sobre una realidad incómoda que durante años se ha preferido ignorar: la fractura ética que, de manera reiterada, ha acompañado a muchos intérpretes de música vallenata en su relación con personajes cuestionados por vínculos con la criminalidad, la corrupción o la violencia.
Lo ocurrido recientemente con la presentación del cantante Nelson Velásquez ante unos presos en la cárcel de Itagüí no puede reducirse a una simple anécdota ni justificarse como un “evento cultural”. El hecho pone de relieve un problema estructural que viene desde décadas atrás: la peligrosa normalización de la cercanía entre artistas vallenatos y figuras asociadas a economías ilícitas o prácticas reprochables.
No se trata de un episodio aislado. Desde la década de los 70 ha sido frecuente observar cómo conviven los intérpretes en grabaciones, tarimas, discotecas y fiestas con corruptos, paramilitares, guerrilleros, narcotraficantes cuyo historial está rodeado de cuestionamientos éticos o judiciales. La constante parece ser una sola: el dinero como justificación suficiente para silenciar cualquier consideración moral.
El vallenato nació como expresión popular, como relato de la memoria colectiva del Caribe colombiano, como una forma de narrar alegrías, dolores, conflictos y esperanzas de la gente. No surgió para convertirse en banda sonora del crimen ni en instrumento de legitimación simbólica de quienes han construido poder a partir del daño social.
Cuando un artista se presenta ante delincuentes no está realizando un acto neutral. El acto artístico tiene un significado social. Cantar en ese contexto no solo entretiene: envía un mensaje. Y el mensaje que se transmite es que el éxito económico puede borrar las fronteras entre lo correcto y lo incorrecto. Se termina normalizando lo que debería generar rechazo, y todo no puede ser plata.
Tampoco es aceptable que en conciertos, grabaciones o eventos privados se exalte públicamente a personas ampliamente señaladas por su participación en actividades ilícitas, presentándolas como benefactores o “amigos especiales”. El arte no puede convertirse en mecanismo de blanqueamiento reputacional, porque el daño no solo recae en la imagen del intérprete, sino en la credibilidad misma del folclor.
Hay una dimensión pedagógica equivocada que no puede ignorarse. Los nuevos músicos observan estos comportamientos y aprenden que el éxito se mide únicamente en contratos y honorarios, no en principios, imponiendo la peligrosa idea de que el talento puede separarse de la ética y que la dignidad cultural es negociable.
El intérprete vallenato, le guste o no, es un referente social que no solo canta historias: también transmite valores y debe preguntarse a quién le canta, en qué escenario se presenta y qué mensaje deja con sus decisiones. La excusa de “yo solo soy artista” resulta absurda, porque el arte no existe aislado de la realidad social.
Aceptando regalos ostentosos, favores o pagos desproporcionados provenientes de personas cuestionadas o de actividades ilícitas implica renunciar a la independencia moral. El aplauso del delincuente no honra: compromete. El dinero fácil puede traducirse posteriormente en silencio incómodo, pérdida de credibilidad y deterioro del respeto público.
No se trata de promover persecuciones personales ni desconocer el valor cultural del vallenato. Se trata de exigir coherencia, establecer límites claros, incluso cuando implique rechazar contratos económicamente atractivos, porque el verdadero prestigio artístico no se compra; se construye con integridad. El reconocimiento que perdura es el del pueblo que encuentra en la música una expresión auténtica de su identidad, no el de quienes buscan utilizar el arte como mecanismo de legitimación social.
El vallenato merece una ética propia, coherente con su historia y con su papel como símbolo cultural del Caribe colombiano. No puede seguir transitando por una pendiente en la que el dinero decide y los valores estorban.
Ha llegado el momento de parar. De recuperar el sentido de responsabilidad cultural. De entender que el éxito sin principios termina vaciando de contenido al arte. Porque cuando la música pierde su rumbo moral, deja de ser memoria colectiva y se convierte en simple ruido. Y el vallenato merece dignidad, respeto y conciencia ética.
Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

El vallenato, como expresión cultural del Caribe colombiano, ha sido históricamente un vehículo de identidad y memoria colectiva. Sin embargo, cuando algunos intérpretes utilizan su voz y su prestigio para dedicar versos o presentarse en escenarios vinculados con actores sociales cuestionados, el efecto trasciende lo musical: se convierte en un acto de legitimación simbólica.
Ese gesto, aparentemente menor, erosiona el prestigio del género y proyecta una imagen distorsionada de la región. La música, al ser un lenguaje social, no se limita a entretener; también construye representaciones. Y cuando esas representaciones exaltan a quienes han acumulado poder desde prácticas reprochables, el mensaje que se transmite es que la cultura puede ser instrumentalizada para blanquear reputaciones.
El problema no es solo individual, sino colectivo. Cada dedicatoria, cada presentación en contextos de dudosa legitimidad, contribuye a instalar un relato externo que asocia la región con dinámicas de ilegalidad y violencia. Esa narrativa pesa sobre la identidad caribeña y termina estigmatizando a comunidades enteras, reduciendo su riqueza cultural a un estereotipo que las despoja de dignidad.
Desde una perspectiva pedagógica, el riesgo es aún mayor: las nuevas generaciones de músicos aprenden que el éxito se mide en contratos y favores, no en principios. Se transmite la idea de que la ética es negociable y que el talento puede desligarse de la responsabilidad social. Esa enseñanza implícita compromete el futuro del folclor y lo vacía de contenido.
La reflexión necesaria es clara: el arte no existe en un vacío. Cada gesto artístico tiene un impacto simbólico y social. El intérprete vallenato, por su condición de referente cultural, debe preguntarse qué mensaje transmite con sus decisiones y qué imagen proyecta de su tierra. La música que nació para narrar la vida del pueblo no puede convertirse en instrumento de legitimación de quienes han causado daño colectivo.
La región merece ser reconocida por su riqueza cultural, por la fuerza de sus relatos y por la autenticidad de su folclor, no por la sombra de prácticas que la desdibujan. Recuperar la ética del vallenato es también recuperar la dignidad del Caribe colombiano. Porque cuando la música se desvía de su rumbo moral, no solo pierde prestigio: arrastra consigo la imagen de toda una comunidad.
Excelente !!!
Muchas gracias por su amabilidad y consideraciones. Un abrazo
De acuerdo. Algunos todavía viven en la época de la bonanza marimbera, donde “todo valía” y la dignidad se arrodillaba al mejor postor. Pura basura cultural pasada de moda y corrosiva. En estos tiempos la gente íntegra debe serlo y parecerlo, nada de meter monos por aquí. Porque el que reza y peca, empata. Vamos por más educación y clase de verdad, no en apariencias. Y recuerda: quien se arrodilla por conveniencia nunca se levanta con respeto, solo con la sombra de su propia vergüenza.
Muchas gracias por su amabilidad y consideraciones. Un abrazo