¿Qué pueden mostrar como legado en La Guajira quienes han ocupado la gobernación, las curules del Congreso y las principales posiciones de poder durante las dos últimas décadas?
En 2024, La Guajira registró pobreza monetaria del 65,7%, la segunda más alta de Colombia, pobreza extrema del 43,2% y en 2025 pobreza multidimensional del 40,1%. Las cifras son el resultado de veinte años de incapacidad para transformar la realidad del departamento.
Nadie puede afirmar que el Estado haya abandonado financieramente a La Guajira. Las inversiones nacionales han sido permanentes. En apariencia, hay carreteras ejecutadas por INVÍAS, proyectos financiados con regalías, contratos registrados en SECOP y obras que aparecen en GESPROY. El departamento recibió, en solo diez años, cerca de $3,9 billones en regalías, más otros dos billones de otras fuentes, para un total aproximado de $6 billones en una sola década. ¿El resultado? Solo ha habido corrupción. Lo que ha faltado es convertir el dinero en desarrollo.
La prueba más dolorosa es que la Corte Constitucional todavía mantiene bajo seguimiento la Sentencia T-302 de 2017 que declaró un estado de cosas inconstitucional por la vulneración de los derechos fundamentales de la niñez Wayuu. Cuando un tribunal debe vigilar que un departamento garantice agua, alimentación y salud, el fracaso político deja de ser una opinión para convertirse en un hecho.
Sin embargo, la ironía. Los mismos dirigentes se presentan como la renovación del poder. ¿Renovación de qué? Han tenido presupuestos, regalías, representación parlamentaria, influencia sobre el Gobierno Nacional y el privilegio de decidir el rumbo del departamento. Pero hoy La Guajira continúa dependiendo de las transferencias nacionales, mantiene enormes brechas sociales y sigue apareciendo en los últimos lugares de los principales indicadores de desarrollo.
Sería intelectualmente deshonesto afirmar que en veinte años nada cambió. Sí hubo una transformación. Una sola. Y precisamente por ser la única deja en evidencia el fracaso del resto. La institución que mejor representa el progreso de La Guajira no es la Gobernación, el Congreso ni ninguna alcaldía. Sin dudarlo, es la Universidad de La Guajira.
Mientras la política cambia de protagonistas prometiendo un nuevo comienzo cada cuatro años, la Universidad construye un proyecto institucional de largo plazo basado en planeación, evaluación permanente, fortalecimiento docente, investigación, ampliación de cobertura e infraestructura. Ver para creer: tiene Acreditación Institucional en Alta Calidad otorgada por MinEducación a las universidades que demuestran, mediante rigurosas evaluaciones externas, estándares superiores de calidad.
Hoy la Universidad de La Guajira atiende cerca de 17.600 estudiantes, cuenta con más de 1.700 docentes, 57 grupos de investigación y una presencia creciente en todo el departamento. En 2026 alcanzó el mejor desempeño institucional entre las universidades públicas del Caribe y uno de los más altos del país.
Y ahí aparece la peor ironía de esta historia. La única institución que puede exhibir una transformación profunda no edificó su prestigio repartiendo puestos, construyendo mayorías electorales ni haciendo campañas políticas, sino con planeación, disciplina administrativa, indicadores, evaluación permanente y rendición de cuentas. Es lo que ha faltado durante veinte años en buena parte de la administración pública del departamento de La Guajira.
La comparación resulta inevitable e incómoda. Mientras la Universidad demuestra que el progreso sí es posible cuando existe continuidad institucional, la dirigencia política sigue sin poder mostrar avances equivalentes en agua potable, empleo, salud, competitividad, infraestructura o reducción de la pobreza. La academia avanzó y la política administró el atraso.
Y es un descaro que los mismos protagonistas de las últimas dos décadas vuelvan a disputarse espacios en el nuevo gobierno como si el balance de su gestión fuera exitoso. El desarrollo no se mide por el número de discursos, fotografías, videos, Instagram o inauguraciones, sino por la calidad de vida de las personas.
La Guajira no necesita más políticos prometiendo un futuro mejor. Necesita dirigentes capaces de producir resultados como los que hoy exhibe la Universidad. Después de veinte años, el verdadero monumento al progreso del departamento lo construyó la academia. Mientras que la clase política y gobernantes solo han construido pobreza social y su patrimonio personal, junto con investigaciones, expedientes, órdenes de captura, medidas de aseguramiento y condenas.
Y como dijo el filósofo de La Junta: «Se las dejo ahí…” @LColmenaresR

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